La noche, el momento perfecto para contradecir a científicos y redactores de últimas noticias, para viajar en el tiempo. Raras veces, como individuos, nos encontramos en nuestro día a día delante de un lienzo blanco, como rara vez pensamos con sinceridad y profundidad en los problemas ajenos. Por contra, el lienzo negro se nos presenta llegada la noche o en cada parpadeo, queramos o no.
El ser humano poco vive en su presente; normalmente cuando está tan ocupado y atareado que no es capaz de pensar. Es el único momento en el que precisa y paradójicamente podría decirse que entonces no vive con completitud. He ahí esas intenciones involuntarias de que viva mucho en el presente, intenciones de hermanos de sangre pero de distinta especie: moneda y firma, voz y asentimiento. Para alcanzar esa plenitud a través de los mecanismos y engranajes que genera de la realidad la plena consciencia (intelectos), debe establecer un punto fijo y entonces comparar. Vivimos por comparación con el último segundo, por comparación con el próximo —y quien dice segundo podría escribir suspiro, orgasmo, decepción o insolación. Vivimos atrapados en una balanza tapizada con una lona rasgada y polvorienta. En una esquina: "lo presente", con la rabia y fuego del eterno novato dispuesto a marcar su territorio, robando las glorias de los otros, insultando su experiencia, riendo sus propios chistes; en la otra: "el anhelo", lleno de dientes de oro, con incontables horas de toalla sudada y vitoreado por viejos admiradores de pelo teñido sentados en primera fila. Suena la campana y el árbitro, poco más, puede ver cómo el primero se dedica a mirar alrededor sin dar un paso mientras un camarero se tropieza y mancha de salsa a un espectador; cómo el segundo, desorbitado, se lanza ganchos y uppercuts en su propio mentón. Los dos totalmente ajenos a su contrincante: el primero fascinado con el público, los focos, el ring, sus guantes; el segundo, con los ojos cerrados fuertemente, se enfrasca en un bucle mecánico y melancólico de autoknockeo y recuperación. El público grita estupefacto una tregua no pactada, no comprenden esa incomunicación entre el puño de uno y el rostro del otro, ¿acaso es necesario hablar el mismo idioma para pelear, para tocarse? Sí.
Chispazos de consuelo y desconsuelo son relámpagos en nuestras tormentas particulares, en esas del "sólo quería escucharte" o "necesito unas vacaciones". ¿Alternativas? Irse al Ganges a bañarse, hacer submarinismo o tirarse en paracaídas deseando que no se abra; drogas que por no considerarse como tales son, por suerte para unos cuantos, legales. Disculpen, se me olvidaban las Road Movies, género en eterno peligro de extinción, desasosegante e inquietantemente sonoro, no por los motores que salen de debajo del capó del vehículo sino por la nitidez del polvo del camino, la mueca del dueño del motel o el zumbido de madrugada de la máquina de refrescos. Esas películas son el hombre del saco de los adultos o más bien el escalón que desaparece.
Cuando los anhelos del pasado y el futuro se confunden, pueden ustedes abrocharse los cinturones. Empiezan las turbulencias, es conveniente estar bien sujeto esperando que no se abra el portaequipajes y se le caiga a uno su propia maleta en esa testa de hombre desagradablemente prehistórico, de hombre que vuela deprisa sin saber cómo y sin que se le pase por la cabeza el preguntarle a su vecino de travesía si es feliz. La respuesta, una duda: ¿Me está usted preguntando si quiero compartir su abismo?