viernes, 28 de enero de 2011

Relámpago

La noche, el momento perfecto para contradecir a científicos y redactores de últimas noticias, para viajar en el tiempo. Raras veces, como individuos, nos encontramos en nuestro día a día delante de un lienzo blanco, como rara vez pensamos con sinceridad y profundidad en los problemas ajenos. Por contra, el lienzo negro se nos presenta llegada la noche o en cada parpadeo, queramos o no.
 
El ser humano poco vive en su presente; normalmente cuando está tan ocupado y atareado que no es capaz de pensar. Es el único momento en el que precisa y paradójicamente podría decirse que entonces no vive con completitud. He ahí esas intenciones involuntarias de que viva mucho en el presente, intenciones de hermanos de sangre pero de distinta especie: moneda y firma, voz y asentimiento. Para alcanzar esa plenitud a través de los mecanismos y engranajes que genera de la realidad la plena consciencia ­­­­­­(intelectos­­­­­­), debe establecer un punto fijo y entonces comparar. Vivimos por comparación con el último segundo, por comparación con el próximo ­­­­­­—y quien dice segundo podría escribir suspiro, orgasmo, decepción o insolación. Vivimos atrapados en una balanza tapizada con una lona rasgada y polvorienta. En una esquina: "lo presente", con la rabia y fuego del eterno novato dispuesto a marcar su territorio, robando las glorias de los otros, insultando su experiencia, riendo sus propios chistes; en la otra: "el anhelo", lleno de dientes de oro, con incontables horas de toalla sudada y  vitoreado por viejos admiradores de pelo teñido sentados en primera fila. Suena la campana y el árbitro, poco más, puede ver cómo el primero se dedica a mirar alrededor sin dar un paso mientras un camarero se tropieza y mancha de salsa a un espectador; cómo el segundo, desorbitado, se lanza ganchos y uppercuts en su propio mentón. Los dos totalmente ajenos a su contrincante: el primero fascinado con el público, los focos, el ring, sus guantes; el segundo, con los ojos cerrados fuertemente, se enfrasca en un bucle mecánico y melancólico de autoknockeo y recuperación. El público grita estupefacto una tregua no pactada, no comprenden esa incomunicación entre el puño de uno y el rostro del otro, ¿acaso es necesario hablar el mismo idioma para pelear, para tocarse? Sí.
 
Chispazos de consuelo y desconsuelo son relámpagos en nuestras tormentas particulares, en esas del "sólo quería escucharte" o "necesito unas vacaciones". ¿Alternativas? Irse al Ganges a bañarse, hacer submarinismo o tirarse en paracaídas deseando que no se abra; drogas que por no considerarse como tales son, por suerte para unos cuantos, legales. Disculpen, se me olvidaban las Road Movies, género en eterno peligro de extinción, desasosegante e inquietantemente sonoro, no por los motores que salen de debajo del capó del vehículo sino por la nitidez del polvo del camino, la mueca del dueño del motel o el zumbido de madrugada de la máquina de refrescos. Esas películas son el hombre del saco de los adultos o más bien el escalón que desaparece.
 
Cuando los anhelos del pasado y el futuro se confunden, pueden ustedes abrocharse los cinturones. Empiezan las turbulencias, es conveniente estar bien sujeto esperando que no se abra el portaequipajes y se le caiga a uno su propia maleta en esa testa de hombre desagradablemente prehistórico, de hombre que vuela deprisa sin saber cómo y sin que se le pase por la cabeza el preguntarle a su vecino de travesía si es feliz. La respuesta, una duda: ¿Me está usted preguntando si quiero compartir su abismo?


martes, 11 de enero de 2011

París

Hace un año día arriba día abajo regresaba a París para pasar mis dos últimos meses, con todos los grandes cabos casi atados y dispuesto a vivir con toda la calma que me robaron los primeros meses. No tenía ganas de volver.

No fue hace mucho tiempo, nada, un año pero lo recuerdo todo con una frescura inaudita en la memoria de mis últimos años donde solamente cosas muy puntuales se me han quedado grabadas de tal forma que todavía me rozan.

Recuerdo perfectamente mi primer día de clase, mis bajadas al supermercado perfectamente programadas, la mesa vacía de mi celda en la que estudiaba, dónde tenía que colocar la cabeza en esa almohada deformada para poder conciliar el sueño, mi rutina de pasos para poder ducharme sin ensuciar el suelo entrando y saliendo de ese pequeñísimo cuarto de baño. Recuerdo perfectamente la vista a través de mi ventana y la sensación de desamparo absoluta de algunas mañanas.

Me he curado con los años de mi masoquismo gratuito así que estoy muy perdido, o quizá no tanto aunque no quiera volver a mirarlo a la cara, intentado descubrir qué es lo que echo tanto de menos de aquellos meses, tanto los agobiantes en los que no tenía tiempo para respirar como la parte final en la que me sentaba en esa banqueta igual que paseaba día tras día por las orillas del Sena, como el que se tira encima de la cama agotado sin casi poder abrir los ojos.