Pasé por Londres, sí. Me agobiaron sus fachadas recargadas y voluptuosas comprimidas en calles demasiado estrechas. Me sentí pequeño ante el lujo y el derroche excesivos. Sentí placer paseando por el silencio de South Kensington y ese lujo más pacífico y menos agresivo. Me quise comprar una casa en Portobello como algún otro y me pregunté por qué no colorearán la orilla sur del Támesis con la misma paleta. Se me quitaron las ganas de ir en barco al ver demasiadas fábricas y bloques de cemento. Me gustó el bullicio de los trabajadores de la City. Me asombró la muchedumbre permanente. Me decepcionaron los dos museos que vi y me indignaron, cada uno por una razón. Insulté a los que eligen los colores con los que pintan el Tower Bridge. Disfruté al convertirme en planta. Me mezclé en las mezclas y el asueto fuera del tiempo de los mercados. Viajé a lo largo de la Historia. Vi a Peter Pan pero no a Campanilla y quise, triste, convertirme en Garfio. Disfruté de los muertos y de un azul del cielo más intenso de lo normal en esta latitud. Comprobé que hay Historia que hasta ocultan en las salas más respetadas. Vi la noche viva y vi a sus Reyes recordados. Comí con gusto y estuve, a ratos, bien acompañado, en otros, paseando delirante y homenajeando a mis símbolos.
Es imposible no disparar los cañones y sacar la batuta con esas vistas y esa pieza metida en los auriculares. Es imposible no sonreir haciéndolo una y otra vez.
Y soñé. Una semana después de volver soñé con la ciudad. Soñé que corría delante del metro (maldito metro) como si el viento de los túneles me arrastrara muy deprisa delante de él: que me subía al techo de sus vagones y hacía carreras con otros corredores. Soñé que saltaba y volaba por los tejados de la ciudad como un joven Superman. Soñé que entraba en una habitación de un hotel muy lujoso, muy antiguo y que allí el aire olía como si fuera otra década. Soñé que, cruzando habitaciones de una suite, encontraba a una mujer muy delgada de nariz aguileña y pelo plateado recogido en un moño, Soñé que tenía un vestido negro sobrio y austero y que el maquillaje de sus ojos seguía siendo espeso como lo fue durante toda su vida. No dije nada porque ella lo dijo todo. Me dijo que eran necesario llegar a algunas escalas para transmitir las más elevadas pasiones y tragedias. Me lo decía con orgullo y tristeza, con sus manos huesudas apoyadas en el pecho, emocionada. Cerraba el puño con fuerza y me preguntaba ¿lo entiendes? y yo no contestaba porque no era necesario. Soñé que ella cerraba los ojos y escuchaba su propia voz en otro tiempo y entonces yo también empcé a escucharla, como siempre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario