«El origen de lo político —escribe1— es que para que un Estado pueda constituirse se precisa que logre acumular tal control sobre los dispositivos de imposición de miedo, sobre la capacidad de atemorizar a los ciudadanos en cuanto a las consecuencias de sus actos, que ninguna potestad privada pueda mercadear de igual a igual con él. Aparece en el texto2 la referencia explícita al timore, el metus de los tratadistas clásicos, como dispositivo esencial para la cesión completa de lo privado en lo público. En sentido propio —lo veremos en otros pasajes muy similares de Guicciardini—, esa mecánica del metus tendrá que venir completada por una segunda clave, la de la esperanza, que completa el monopolio de la doble violencia material y simbólica por parte del Estado. En realidad, ambos, miedo y esperanza, son lo mismo: la exclusión del presente mediante la precaria amenaza o promesa de futuro.
Para que el Estado pueda imponer su potencia, pueda hacer que la potencia de lo público se imponga sobre la de lo privado, es necesario que los privados renuncien al ejercicio del presente en función de las consecuencias que un futuro imprevisible, un furuto precario, les haga temer o les haga esperar. Da exactamente igual que teman o que esperen. Es lo mismo: el miedo como la esperanza son la proyección hacia aquello que el individuo no puede nunca, por definición, tener: el futuro. Y, al proyectar al individuo hacia lo ausente, son garantía de cesión del presente en otro.»3
Si un día notáis algo así... ya lo estáis notando.
1. Maquiavelo.
2. Discursus florentinanum rerum post mortem iunioris Laurentii Medices.3. Gabriel Albiac, Sumisiones Voluntarias, ed. Tecnos, p.28
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