En Córdoba bostezan los leones, los guiris enloquecen comiendo porras, los taxis no existen, la casa de mi madre es Bonita, todo está lleno de judíos, hay peleas a cabezazos, los bares cierran, las tortillas mutan, hay una sociedad secreta de médicos y todos viven juntos (se pasan el día matándose unos a otros), las pilas están en su sitio, hay un genio que pega frases en los muros y otro genio que le hace anotaciones al margen, los cafés son cafés, los periódicos publican que la capital de Neptuno es Panamá, el calor sí existe, los patos vuelan y despiertan, los recepcionistas son encantadores, los indios llevan sombreros de Tío Pepe, los niños se hacen mayores y se mean cuando comen helados, cada día hay que vestir de un color y durmió (poco) la última esperanza para los transbordadores espaciales.
Quiero un patio del Tercer Mundo y un barman especialista en salmorejos, todo y todos los demás os podéis ir al carajo.
Pasé por Londres, sí. Me agobiaron sus fachadas recargadas y voluptuosas comprimidas en calles demasiado estrechas. Me sentí pequeño ante el lujo y el derroche excesivos. Sentí placer paseando por el silencio de South Kensington y ese lujo más pacífico y menos agresivo. Me quise comprar una casa en Portobello como algún otro y me pregunté por qué no colorearán la orilla sur del Támesis con la misma paleta. Se me quitaron las ganas de ir en barco al ver demasiadas fábricas y bloques de cemento. Me gustó el bullicio de los trabajadores de la City. Me asombró la muchedumbre permanente. Me decepcionaron los dos museos que vi y me indignaron, cada uno por una razón. Insulté a los que eligen los colores con los que pintan el Tower Bridge. Disfruté al convertirme en planta. Me mezclé en las mezclas y el asueto fuera del tiempo de los mercados. Viajé a lo largo de la Historia. Vi a Peter Pan pero no a Campanilla y quise, triste, convertirme en Garfio. Disfruté de los muertos y de un azul del cielo más intenso de lo normal en esta latitud. Comprobé que hay Historia que hasta ocultan en las salas más respetadas. Vi la noche viva y vi a sus Reyes recordados. Comí con gusto y estuve, a ratos, bien acompañado, en otros, paseando delirante y homenajeando a mis símbolos.
Es imposible no disparar los cañones y sacar la batuta con esas vistas y esa pieza metida en los auriculares. Es imposible no sonreir haciéndolo una y otra vez.
Y soñé. Una semana después de volver soñé con la ciudad. Soñé que corría delante del metro (maldito metro) como si el viento de los túneles me arrastrara muy deprisa delante de él: que me subía al techo de sus vagones y hacía carreras con otros corredores. Soñé que saltaba y volaba por los tejados de la ciudad como un joven Superman. Soñé que entraba en una habitación de un hotel muy lujoso, muy antiguo y que allí el aire olía como si fuera otra década. Soñé que, cruzando habitaciones de una suite, encontraba a una mujer muy delgada de nariz aguileña y pelo plateado recogido en un moño, Soñé que tenía un vestido negro sobrio y austero y que el maquillaje de sus ojos seguía siendo espeso como lo fue durante toda su vida. No dije nada porque ella lo dijo todo. Me dijo que eran necesario llegar a algunas escalas para transmitir las más elevadas pasiones y tragedias. Me lo decía con orgullo y tristeza, con sus manos huesudas apoyadas en el pecho, emocionada. Cerraba el puño con fuerza y me preguntaba ¿lo entiendes? y yo no contestaba porque no era necesario. Soñé que ella cerraba los ojos y escuchaba su propia voz en otro tiempo y entonces yo también empcé a escucharla, como siempre.
Tendrían que estar permitidos los sables láser y el cortar los miembros de la gente, eso como mínimo, a algunos directamente habría que poder desintegrarlos y que explotaran como los vampiros bolsa-de-donante de Blade. La maldita población, marea humana, marabunta que recorre a todas horas esta ciudad es jodidamente egoísta y no se plantea ni por un segundo que tienen tres dimensiones y ocupan espacio, espacio que también es de los demás y que hay que compartir. No se plantean que YO no quiero tocarles, que quiero poder pasar sin tener que pedir permiso sieeempre, que sería mejor para todos si actuaran igual que yo, que les dejo pasar a ellos y no existo en sus vidas, no me recuerdan, no me tocan, ¡no me perciben, hostia! Soy jodidamente cuidadoso con no estar en medio. Hay que dejar pasas, joder, hay que quitarse del centro de los pasillos, de las esquinas, de los lugares en los que si hay algo o alguien en medio, los demás no pueden circular. ¡Uno no se puede parar en la puta esquina de Callao con la Gran Vía, entre la tienda de zapatos y la boca de Metro! ¡El flujo de personas que pasa por esos escasos metros cuadrados es enorme y siempre hay puta gente ahí parada hablando como si estuvieran perdidos en el desierto de Nevada y no molestaran a nadie!
Odio a los grupos que van por las aceras estrechas caminando como si fueran una panda de cabaretistas engarzadas por los codos y no se quitan cuando pasa alguien en sentido contrario. ¡No se quitan, no se aparta ni uno, porque ellos son Legión! Exorcismos contra todos ellos, ¡exorcismos sin salmos y con machetes de sierra oxidada!
Pero a los que más odio, a los que torturaría durante toda la maldita eternidad, ¡perdería la Eternidad en torturarlos en lugar de en disfrutarla tomando cocktails en una hamaca!, es a los que se paran al bajar del autobús, metro o escalera mecánica. Ellos se bajan, salen, se paran y ya está...y-ya-estáááááánbjpbpcñltlkiu!
¡JOOOOODDDEEEEEEEEERRRRRRRRR!
Ellos han bajado y el resto del mundo deja de existir. Se paran, miran tranquilamente a los lados porque no tienen ni puta idea de dónde están, están buscando el lado de la calle al que tienen que dirigirse, el cartel que les indique hacia dónde deben ir para salir del Metro o cambiar de línea. ¿Qué les costará dar cinco pasos más y alejarse antes de pararse a que sus cerebros de estegosaurio se dediquen a tan arduas tareas? ¿Qué cojones les costará no hacer perder segundos de vida a los demás? ¡Les robaré todos esos segundos de vida! ¡A todos! ¡Y me haré inmortal gracias a esa gentuza!
Luego está el tema de los putos paseantes. Yo soy un jodido paseante también, me encanta pasea, disfruto por las calles perdiendo mi vida sin hacer nada, llevo practicando más de diez años y soy el puto maestro de perder el tiempo caminando por la calle sin rumbo y saboreando el placer de desperdiciar mi vida vagando ¡pero porque yo quiero y lo deseo, joder! Aun así, intento no estorbar a quien tiene prisa. Como la maldita gente no concibe eso, cuando ellos pasean ¡El jodido mundo pasea con ellos! ¡y todo da igual! Habría que dividir las aceras y marcar un carril de asquerosas baldosas amarillas para los paseantes que van mirando al tendido tocando los huevos a los demás viandantes con su parsimonia y disfrute ameliense del mundo y otro con flechas motivantes en el suelo que sea para los que tienen prisa y necesitan IR, puedan IR. ¡PUEDAN!
Bueno, bueno y mejor no empezar a hablar del "dejar salir antes de entrar" porque entonces ya..., entonces ya balas rellenas de wasabi usaba con ellos. ¡Hay que arrasar con ellos! ¡Plantarse la chupa y ensanchar los hombros y la espalda todo lo que se pueda! ¡No girar el eje, ir de plano! ¡Arrasar con ellos! ¡MUERTEEEEE!
Creo que nunca había tecleado con tanta fuerza mientras escribía todo esto, casi me cargo el teclado.
La noche, el momento perfecto para contradecir a científicos y redactores de últimas noticias, para viajar en el tiempo. Raras veces, como individuos, nos encontramos en nuestro día a día delante de un lienzo blanco, como rara vez pensamos con sinceridad y profundidad en los problemas ajenos. Por contra, el lienzo negro se nos presenta llegada la noche o en cada parpadeo, queramos o no.
El ser humano poco vive en su presente; normalmente cuando está tan ocupado y atareado que no es capaz de pensar. Es el único momento en el que precisa y paradójicamente podría decirse que entonces no vive con completitud. He ahí esas intenciones involuntarias de que viva mucho en el presente, intenciones de hermanos de sangre pero de distinta especie: moneda y firma, voz y asentimiento. Para alcanzar esa plenitud a través de los mecanismos y engranajes que genera de la realidad la plena consciencia (intelectos), debe establecer un punto fijo y entonces comparar. Vivimos por comparación con el último segundo, por comparación con el próximo —y quien dice segundo podría escribir suspiro, orgasmo, decepción o insolación. Vivimos atrapados en una balanza tapizada con una lona rasgada y polvorienta. En una esquina: "lo presente", con la rabia y fuego del eterno novato dispuesto a marcar su territorio, robando las glorias de los otros, insultando su experiencia, riendo sus propios chistes; en la otra: "el anhelo", lleno de dientes de oro, con incontables horas de toalla sudada y vitoreado por viejos admiradores de pelo teñido sentados en primera fila. Suena la campana y el árbitro, poco más, puede ver cómo el primero se dedica a mirar alrededor sin dar un paso mientras un camarero se tropieza y mancha de salsa a un espectador; cómo el segundo, desorbitado, se lanza ganchos y uppercuts en su propio mentón. Los dos totalmente ajenos a su contrincante: el primero fascinado con el público, los focos, el ring, sus guantes; el segundo, con los ojos cerrados fuertemente, se enfrasca en un bucle mecánico y melancólico de autoknockeo y recuperación. El público grita estupefacto una tregua no pactada, no comprenden esa incomunicación entre el puño de uno y el rostro del otro, ¿acaso es necesario hablar el mismo idioma para pelear, para tocarse? Sí.
Chispazos de consuelo y desconsuelo son relámpagos en nuestras tormentas particulares, en esas del "sólo quería escucharte" o "necesito unas vacaciones". ¿Alternativas? Irse al Ganges a bañarse, hacer submarinismo o tirarse en paracaídas deseando que no se abra; drogas que por no considerarse como tales son, por suerte para unos cuantos, legales. Disculpen, se me olvidaban las Road Movies, género en eterno peligro de extinción, desasosegante e inquietantemente sonoro, no por los motores que salen de debajo del capó del vehículo sino por la nitidez del polvo del camino, la mueca del dueño del motel o el zumbido de madrugada de la máquina de refrescos. Esas películas son el hombre del saco de los adultos o más bien el escalón que desaparece.
Cuando los anhelos del pasado y el futuro se confunden, pueden ustedes abrocharse los cinturones. Empiezan las turbulencias, es conveniente estar bien sujeto esperando que no se abra el portaequipajes y se le caiga a uno su propia maleta en esa testa de hombre desagradablemente prehistórico, de hombre que vuela deprisa sin saber cómo y sin que se le pase por la cabeza el preguntarle a su vecino de travesía si es feliz. La respuesta, una duda: ¿Me está usted preguntando si quiero compartir su abismo?
Hace un año día arriba día abajo regresaba a París para pasar mis dos últimos meses, con todos los grandes cabos casi atados y dispuesto a vivir con toda la calma que me robaron los primeros meses. No tenía ganas de volver.
No fue hace mucho tiempo, nada, un año pero lo recuerdo todo con una frescura inaudita en la memoria de mis últimos años donde solamente cosas muy puntuales se me han quedado grabadas de tal forma que todavía me rozan.
Recuerdo perfectamente mi primer día de clase, mis bajadas al supermercado perfectamente programadas, la mesa vacía de mi celda en la que estudiaba, dónde tenía que colocar la cabeza en esa almohada deformada para poder conciliar el sueño, mi rutina de pasos para poder ducharme sin ensuciar el suelo entrando y saliendo de ese pequeñísimo cuarto de baño. Recuerdo perfectamente la vista a través de mi ventana y la sensación de desamparo absoluta de algunas mañanas.
Me he curado con los años de mi masoquismo gratuito así que estoy muy perdido, o quizá no tanto aunque no quiera volver a mirarlo a la cara, intentado descubrir qué es lo que echo tanto de menos de aquellos meses, tanto los agobiantes en los que no tenía tiempo para respirar como la parte final en la que me sentaba en esa banqueta igual que paseaba día tras día por las orillas del Sena, como el que se tira encima de la cama agotado sin casi poder abrir los ojos.