«El origen de lo político —escribe1— es que para que un Estado pueda constituirse se precisa que logre acumular tal control sobre los dispositivos de imposición de miedo, sobre la capacidad de atemorizar a los ciudadanos en cuanto a las consecuencias de sus actos, que ninguna potestad privada pueda mercadear de igual a igual con él. Aparece en el texto2 la referencia explícita al timore, el metus de los tratadistas clásicos, como dispositivo esencial para la cesión completa de lo privado en lo público. En sentido propio —lo veremos en otros pasajes muy similares de Guicciardini—, esa mecánica del metus tendrá que venir completada por una segunda clave, la de la esperanza, que completa el monopolio de la doble violencia material y simbólica por parte del Estado. En realidad, ambos, miedo y esperanza, son lo mismo: la exclusión del presente mediante la precaria amenaza o promesa de futuro.
Para que el Estado pueda imponer su potencia, pueda hacer que la potencia de lo público se imponga sobre la de lo privado, es necesario que los privados renuncien al ejercicio del presente en función de las consecuencias que un futuro imprevisible, un furuto precario, les haga temer o les haga esperar. Da exactamente igual que teman o que esperen. Es lo mismo: el miedo como la esperanza son la proyección hacia aquello que el individuo no puede nunca, por definición, tener: el futuro. Y, al proyectar al individuo hacia lo ausente, son garantía de cesión del presente en otro.»3
Si un día notáis algo así... ya lo estáis notando.
1. Maquiavelo.
2. Discursus florentinanum rerum post mortem iunioris Laurentii Medices. 3. Gabriel Albiac, Sumisiones Voluntarias, ed. Tecnos, p.28
En Córdoba bostezan los leones, los guiris enloquecen comiendo porras, los taxis no existen, la casa de mi madre es Bonita, todo está lleno de judíos, hay peleas a cabezazos, los bares cierran, las tortillas mutan, hay una sociedad secreta de médicos y todos viven juntos (se pasan el día matándose unos a otros), las pilas están en su sitio, hay un genio que pega frases en los muros y otro genio que le hace anotaciones al margen, los cafés son cafés, los periódicos publican que la capital de Neptuno es Panamá, el calor sí existe, los patos vuelan y despiertan, los recepcionistas son encantadores, los indios llevan sombreros de Tío Pepe, los niños se hacen mayores y se mean cuando comen helados, cada día hay que vestir de un color y durmió (poco) la última esperanza para los transbordadores espaciales.
Quiero un patio del Tercer Mundo y un barman especialista en salmorejos, todo y todos los demás os podéis ir al carajo.
Pasé por Londres, sí. Me agobiaron sus fachadas recargadas y voluptuosas comprimidas en calles demasiado estrechas. Me sentí pequeño ante el lujo y el derroche excesivos. Sentí placer paseando por el silencio de South Kensington y ese lujo más pacífico y menos agresivo. Me quise comprar una casa en Portobello como algún otro y me pregunté por qué no colorearán la orilla sur del Támesis con la misma paleta. Se me quitaron las ganas de ir en barco al ver demasiadas fábricas y bloques de cemento. Me gustó el bullicio de los trabajadores de la City. Me asombró la muchedumbre permanente. Me decepcionaron los dos museos que vi y me indignaron, cada uno por una razón. Insulté a los que eligen los colores con los que pintan el Tower Bridge. Disfruté al convertirme en planta. Me mezclé en las mezclas y el asueto fuera del tiempo de los mercados. Viajé a lo largo de la Historia. Vi a Peter Pan pero no a Campanilla y quise, triste, convertirme en Garfio. Disfruté de los muertos y de un azul del cielo más intenso de lo normal en esta latitud. Comprobé que hay Historia que hasta ocultan en las salas más respetadas. Vi la noche viva y vi a sus Reyes recordados. Comí con gusto y estuve, a ratos, bien acompañado, en otros, paseando delirante y homenajeando a mis símbolos.
Es imposible no disparar los cañones y sacar la batuta con esas vistas y esa pieza metida en los auriculares. Es imposible no sonreir haciéndolo una y otra vez.
Y soñé. Una semana después de volver soñé con la ciudad. Soñé que corría delante del metro (maldito metro) como si el viento de los túneles me arrastrara muy deprisa delante de él: que me subía al techo de sus vagones y hacía carreras con otros corredores. Soñé que saltaba y volaba por los tejados de la ciudad como un joven Superman. Soñé que entraba en una habitación de un hotel muy lujoso, muy antiguo y que allí el aire olía como si fuera otra década. Soñé que, cruzando habitaciones de una suite, encontraba a una mujer muy delgada de nariz aguileña y pelo plateado recogido en un moño, Soñé que tenía un vestido negro sobrio y austero y que el maquillaje de sus ojos seguía siendo espeso como lo fue durante toda su vida. No dije nada porque ella lo dijo todo. Me dijo que eran necesario llegar a algunas escalas para transmitir las más elevadas pasiones y tragedias. Me lo decía con orgullo y tristeza, con sus manos huesudas apoyadas en el pecho, emocionada. Cerraba el puño con fuerza y me preguntaba ¿lo entiendes? y yo no contestaba porque no era necesario. Soñé que ella cerraba los ojos y escuchaba su propia voz en otro tiempo y entonces yo también empcé a escucharla, como siempre.
Tendrían que estar permitidos los sables láser y el cortar los miembros de la gente, eso como mínimo, a algunos directamente habría que poder desintegrarlos y que explotaran como los vampiros bolsa-de-donante de Blade. La maldita población, marea humana, marabunta que recorre a todas horas esta ciudad es jodidamente egoísta y no se plantea ni por un segundo que tienen tres dimensiones y ocupan espacio, espacio que también es de los demás y que hay que compartir. No se plantean que YO no quiero tocarles, que quiero poder pasar sin tener que pedir permiso sieeempre, que sería mejor para todos si actuaran igual que yo, que les dejo pasar a ellos y no existo en sus vidas, no me recuerdan, no me tocan, ¡no me perciben, hostia! Soy jodidamente cuidadoso con no estar en medio. Hay que dejar pasas, joder, hay que quitarse del centro de los pasillos, de las esquinas, de los lugares en los que si hay algo o alguien en medio, los demás no pueden circular. ¡Uno no se puede parar en la puta esquina de Callao con la Gran Vía, entre la tienda de zapatos y la boca de Metro! ¡El flujo de personas que pasa por esos escasos metros cuadrados es enorme y siempre hay puta gente ahí parada hablando como si estuvieran perdidos en el desierto de Nevada y no molestaran a nadie!
Odio a los grupos que van por las aceras estrechas caminando como si fueran una panda de cabaretistas engarzadas por los codos y no se quitan cuando pasa alguien en sentido contrario. ¡No se quitan, no se aparta ni uno, porque ellos son Legión! Exorcismos contra todos ellos, ¡exorcismos sin salmos y con machetes de sierra oxidada!
Pero a los que más odio, a los que torturaría durante toda la maldita eternidad, ¡perdería la Eternidad en torturarlos en lugar de en disfrutarla tomando cocktails en una hamaca!, es a los que se paran al bajar del autobús, metro o escalera mecánica. Ellos se bajan, salen, se paran y ya está...y-ya-estáááááánbjpbpcñltlkiu!
¡JOOOOODDDEEEEEEEEERRRRRRRRR!
Ellos han bajado y el resto del mundo deja de existir. Se paran, miran tranquilamente a los lados porque no tienen ni puta idea de dónde están, están buscando el lado de la calle al que tienen que dirigirse, el cartel que les indique hacia dónde deben ir para salir del Metro o cambiar de línea. ¿Qué les costará dar cinco pasos más y alejarse antes de pararse a que sus cerebros de estegosaurio se dediquen a tan arduas tareas? ¿Qué cojones les costará no hacer perder segundos de vida a los demás? ¡Les robaré todos esos segundos de vida! ¡A todos! ¡Y me haré inmortal gracias a esa gentuza!
Luego está el tema de los putos paseantes. Yo soy un jodido paseante también, me encanta pasea, disfruto por las calles perdiendo mi vida sin hacer nada, llevo practicando más de diez años y soy el puto maestro de perder el tiempo caminando por la calle sin rumbo y saboreando el placer de desperdiciar mi vida vagando ¡pero porque yo quiero y lo deseo, joder! Aun así, intento no estorbar a quien tiene prisa. Como la maldita gente no concibe eso, cuando ellos pasean ¡El jodido mundo pasea con ellos! ¡y todo da igual! Habría que dividir las aceras y marcar un carril de asquerosas baldosas amarillas para los paseantes que van mirando al tendido tocando los huevos a los demás viandantes con su parsimonia y disfrute ameliense del mundo y otro con flechas motivantes en el suelo que sea para los que tienen prisa y necesitan IR, puedan IR. ¡PUEDAN!
Bueno, bueno y mejor no empezar a hablar del "dejar salir antes de entrar" porque entonces ya..., entonces ya balas rellenas de wasabi usaba con ellos. ¡Hay que arrasar con ellos! ¡Plantarse la chupa y ensanchar los hombros y la espalda todo lo que se pueda! ¡No girar el eje, ir de plano! ¡Arrasar con ellos! ¡MUERTEEEEE!
Creo que nunca había tecleado con tanta fuerza mientras escribía todo esto, casi me cargo el teclado.
La noche, el momento perfecto para contradecir a científicos y redactores de últimas noticias, para viajar en el tiempo. Raras veces, como individuos, nos encontramos en nuestro día a día delante de un lienzo blanco, como rara vez pensamos con sinceridad y profundidad en los problemas ajenos. Por contra, el lienzo negro se nos presenta llegada la noche o en cada parpadeo, queramos o no.
El ser humano poco vive en su presente; normalmente cuando está tan ocupado y atareado que no es capaz de pensar. Es el único momento en el que precisa y paradójicamente podría decirse que entonces no vive con completitud. He ahí esas intenciones involuntarias de que viva mucho en el presente, intenciones de hermanos de sangre pero de distinta especie: moneda y firma, voz y asentimiento. Para alcanzar esa plenitud a través de los mecanismos y engranajes que genera de la realidad la plena consciencia (intelectos), debe establecer un punto fijo y entonces comparar. Vivimos por comparación con el último segundo, por comparación con el próximo —y quien dice segundo podría escribir suspiro, orgasmo, decepción o insolación. Vivimos atrapados en una balanza tapizada con una lona rasgada y polvorienta. En una esquina: "lo presente", con la rabia y fuego del eterno novato dispuesto a marcar su territorio, robando las glorias de los otros, insultando su experiencia, riendo sus propios chistes; en la otra: "el anhelo", lleno de dientes de oro, con incontables horas de toalla sudada y vitoreado por viejos admiradores de pelo teñido sentados en primera fila. Suena la campana y el árbitro, poco más, puede ver cómo el primero se dedica a mirar alrededor sin dar un paso mientras un camarero se tropieza y mancha de salsa a un espectador; cómo el segundo, desorbitado, se lanza ganchos y uppercuts en su propio mentón. Los dos totalmente ajenos a su contrincante: el primero fascinado con el público, los focos, el ring, sus guantes; el segundo, con los ojos cerrados fuertemente, se enfrasca en un bucle mecánico y melancólico de autoknockeo y recuperación. El público grita estupefacto una tregua no pactada, no comprenden esa incomunicación entre el puño de uno y el rostro del otro, ¿acaso es necesario hablar el mismo idioma para pelear, para tocarse? Sí.
Chispazos de consuelo y desconsuelo son relámpagos en nuestras tormentas particulares, en esas del "sólo quería escucharte" o "necesito unas vacaciones". ¿Alternativas? Irse al Ganges a bañarse, hacer submarinismo o tirarse en paracaídas deseando que no se abra; drogas que por no considerarse como tales son, por suerte para unos cuantos, legales. Disculpen, se me olvidaban las Road Movies, género en eterno peligro de extinción, desasosegante e inquietantemente sonoro, no por los motores que salen de debajo del capó del vehículo sino por la nitidez del polvo del camino, la mueca del dueño del motel o el zumbido de madrugada de la máquina de refrescos. Esas películas son el hombre del saco de los adultos o más bien el escalón que desaparece.
Cuando los anhelos del pasado y el futuro se confunden, pueden ustedes abrocharse los cinturones. Empiezan las turbulencias, es conveniente estar bien sujeto esperando que no se abra el portaequipajes y se le caiga a uno su propia maleta en esa testa de hombre desagradablemente prehistórico, de hombre que vuela deprisa sin saber cómo y sin que se le pase por la cabeza el preguntarle a su vecino de travesía si es feliz. La respuesta, una duda: ¿Me está usted preguntando si quiero compartir su abismo?
Hace un año día arriba día abajo regresaba a París para pasar mis dos últimos meses, con todos los grandes cabos casi atados y dispuesto a vivir con toda la calma que me robaron los primeros meses. No tenía ganas de volver.
No fue hace mucho tiempo, nada, un año pero lo recuerdo todo con una frescura inaudita en la memoria de mis últimos años donde solamente cosas muy puntuales se me han quedado grabadas de tal forma que todavía me rozan.
Recuerdo perfectamente mi primer día de clase, mis bajadas al supermercado perfectamente programadas, la mesa vacía de mi celda en la que estudiaba, dónde tenía que colocar la cabeza en esa almohada deformada para poder conciliar el sueño, mi rutina de pasos para poder ducharme sin ensuciar el suelo entrando y saliendo de ese pequeñísimo cuarto de baño. Recuerdo perfectamente la vista a través de mi ventana y la sensación de desamparo absoluta de algunas mañanas.
Me he curado con los años de mi masoquismo gratuito así que estoy muy perdido, o quizá no tanto aunque no quiera volver a mirarlo a la cara, intentado descubrir qué es lo que echo tanto de menos de aquellos meses, tanto los agobiantes en los que no tenía tiempo para respirar como la parte final en la que me sentaba en esa banqueta igual que paseaba día tras día por las orillas del Sena, como el que se tira encima de la cama agotado sin casi poder abrir los ojos.
En mi trabajo ha venido una tipa de manera temporal que tiene un nombre bastante raro: es un nombre ruso al que le han cambiado una letra para adaptarlo a la pronunciación española y que no quedase con un sonido tan arisco. Sus padres le pusieron ese nombre por la canción de un francés que empezó hace ya varias décadas, en aquella época de ideales puros y droga de la misma calidad. Me contó que tuvieron que hacer no sé qué trámite a través de la embajada de Cuba al ser el país que tenía relación con la URSS y blablablá para que fuera validado por el juez.
La cuestión es que me dijo que tenía la canción en un casette perdido que ya se rompió y luego desapareció, que había estado buscando la canción por Internet e imposible, rien de rien. La he encontrado y descargado en menos de diez minutos en total y ahora la estoy escuchando. (Aplausos)
Si me he tomado la molestia es por tres razones:
1. La pobre mujer tiene un nombre rarito y me solidarizo.
2. El cantante me gusta mucho y fue mi principal banda sonora cuando andaba por París. De hecho debería de ser de escucha obligatoria y al que no le guste: Guillotina (muy propio).
3. Me he visto más de una vez en la misma situación, la de tener algo en cinta muy raro y sudar sangre para encontrar la canción en Internet, a veces me he tenido que rendir.
Me encanta hacer arqueología musical ya sea por Internet o en tiendas especializadas. Mi experiencia me dice, siendo un amateur, que las tiendas musicales en Madrid suelen dejar bastante que desear.
Mañana le daré la cancioncita a su dueña y la oficina será un lugar más agradable.
Llegan las navidades o más bien llegaron. No me he enterado de ello hasta ahora más que por las mareas humanas que recorren el centro de la ciudad. Hace unos minutos he sido plenamente consciente cuando, de casualidad, he visto un maldito anuncio en al tele. Era de colonia o perfume como más te guste llamarlo, de Le Male de Jean Paul Gaultier. Puto anuncio en el que de fondo ponen el Casta Diva y que por desgracia no es el primero que comete semejante agravio. Cuánto odio acumulado, cuánto lado oscuro y cuántos rayos de Estrella de la Muerte iba a disparar sobre la casa del diseñador, de los creativos publicistas y responsables de marketing que lo aprobaron. En este mundo no se tiene ni un poquito de respeto por las obras maestras y geniales del arte y se usan para todo, se desgastan, se tiran al suelo y se pisotean hasta incluso utilizarse en campañas de partidos políticos: vomitivo. Debería de estar prohibido la utilización de un elemento artístico tan puro como ése con fines puramente comerciales e interesados, pero no.
No tengo ningunas ganas de trabajar estas próximas semanas y más teniendo en cuenta que ya no se pueden retrasar más las panzadas de estudio plomizo para la próxima convocatoria. A lo que hay que añadir el frío, que por muy bien que me vea con mi abrigo negro y mis guantes, no soporto. Siempre seré hombre de noches de verano.
Una vez más, el antónimo de cívico es español. Ayer y hoy ha habido huelga de maquinistas de RENFE (Rogamos Empujen Nuestros Ferrocariles Estropeados (chiste de la infancia)) y la red de Cercanías estaba al borde del colapso. Hoy he tenido suerte y lo he sufrido menos pero lo de ayer fue demencial, y no me estoy refiriendo a pérdida de calidad de servicio sino al comportamiento de los usuarios. Todo el que haya ido en Cercanías sabe que a los lados de cada puerta hay dos parejas de asientos recogidos que se pueden bajar para ser utilizados. Nadie sabe, parece ser, que cuando el tren va tan lleno de gente que es peligroso, hay que levantarse y dejar unos centímetros cuadrados más para que la gente no sufra heridas, lesiones, desmayos o ataques de nervios. Pues aquí no, en este puto país no, en esta puta ciudad no. Lo de ayer fue tan sumamente vergonzoso que me dieron ganas de volver a Francia, donde la gente esta norma la respuesta con disciplina sueca para contrarrestar con el Pogo diario y agresiones de todo tipo escudadas detrás del rintintineante "excusez moi".
Conclusión: si no es una cosa es la otra y si no es la otra es aquella: corolario: odio a todo el mundo y quiero ser, una vez más, dueño de armamento nuclear casero. Lo de convertir mi cuerpo en un sable de luz también estaría bien; así, cualquier indeseable que entra-antes-de-dejar-salir (Homo Sapiens Asinus) recibiría heridas muy dolorosas y permanentes con total limpieza y sin salpicar a los demás (Homo Sapiens Sapiens).
Como decían en aquella tira de Dork Tower: ¡mata, mata, mata, mata, mata, mata, mata, mata!
El primero que se pregunta qué es esto soy yo así que nada de porqués. Supongo que un punteo de guitarra junto con un par de frases leídas aquí y allá durante los últimos días.
El otro día, gracias a otra persona me di cuenta de que recuerdo muchas cosas con gran detalle, o lo que es gran detalle para una persona que tiene mala memoria. Mi mala memoria ha aflorado en los últimos tiempos, la buena hizo el atillo y se fue de vacaciones con los tiempos agradables hace ya casi una década. La mente es inteligente y en lugar de recordar con precisión las malas épocas, prefiere hacer un espesísimo batido sin forma de todas ellas. Están los momentos puntuales de dolor, esos se recordarán siempre vivamente, dadle las gracias a nuestra amígdala cerebral, zona primitiva y escondida que por mantenernos vivos como especie al mismo tiempo nos mantiene jodidos como individuos. Luego dicen que la evolución es portentosa, maldita chapuza de los cojones que es todo. Está claro que entre la panda de Creacionistas no hay ningún ingeniero.
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Eso de ahí arriba lo escribí hace tres semanas más o menos, en esta misma caja de texto pero no recuerdo por qué tuve que abortar la misión y dejarlo para otro momento. Supongo que los buenos ratos de soledad son los adecuados, como éste en el que mis queridos padres están fuera cazando el mamut mientras yo miro viejas fotos que siempre parecerán nuevas al presentarse en una pantalla de ordenador, me pongo a Sinatra y me dedico a echar de menos Nueva York. Una vez más.
Estoy acelerado, en un momento de esos de puños cerrados y ganas de hacer cosas. Esos en los que las hojas que se ven desde la ventan del salón resplandecen más de lo normal y todo parece más nítido. Culpa del rico café, Sinatra y el dolor de la pierna. Es tan simple como eso. Ese momento va a durar minutos escasos, no estoy hablando de etapas vitales en plan libro de autoayuda (peroquéascopordios) sino de ahora mismo en este instante: ¡bang bang! y luego humo, silencio y vuelta al cansancio perpetuo.
Vengo a anunciar que vuelvo a cagarme en la puta madre de todo Dios. Será con irregularidad pero con la misma fuerza que cuando estaba en París. El mundo gira y yo bailo sobre él, quizá dentro de uno o dos años esté en otro lugar maldiciendo otro idioma ajeno a mis neuronas o quizá esté haciendo muñecos vudú de mi nuevo vecino de arriba, yo qué sé. Lo que sí sé es que si algo no va a cambiar es el cabreo crónico que me produce todo lo que está fuera de mi piel. Cada uno elige su combustible y ése es el mío. El día que piense "estoy bien" mientras me tomo un cubata en una tumbona a rayas al borde de un acantilado que acaba en la playa de un pueblecito perdido del Mediterráneo, ese día palmaré con una sonrisa más grande que la de Mortadelo. Estiraré mi corta pata y al mundo lo partirá un rayo.
P.S: Sí, ya sé que con este fondo, en el cambio de color hay una o dos líneas que no se leen bien. Ésta es mi respuesta: